La mejor reflexión sobre la Navidad que hemos encontrado. Una lección para todos los pequeños desprecios presuntuosos, un sendero a través de la confusión, un cuchillo en el vientre del nihilismo. Texto recogido en: GILBERT K. CHESTERTON, Herejes, 1905


VI
La Navidad y los estetas

La Tierra es redonda, tanto que las escuelas del optimismo y el pesimismo llevan toda la vida discutiendo si está al derecho o al revés. La dificultad no surge tanto del mero hecho de que el bien y el mal se hallen repartidos en proporciones prácticamente equivalentes; surge, principalmente, del hecho de que los hombres siempre disienten respecto de cuáles son las partes buenas y cuáles las partes malas. De ahí las dificultades que asaltan a las «religiones no confesionales». Dicen incorporar lo que es hermoso de todos los credos, pero parecen recoger todo lo que éstos tienen de aburrido. Todos los colores mezclados es un ámbito puro deberían dar como resultado el blanco. Pero cuando se mezclan en la paleta de cualquier pintor, el producto que se obtiene es una especie de barro. Algo muy similar sucede con las nuevas religiones. Semejante mezcla suele resultar en algo mucho peor que cada uno de los credos que los integran tomados por separado, incluido el credo de los ladrones. El error nace de la dificultad de detectar, en cualquier religión, cuál es la parte buena y cuál es la mala. Y esa dificultad se convierte en una carga pesada para aquellos que tienen la desgracia de pensar, respecto de una u otra religión, que las partes normalmente consideradas buenas son malas, y que las partes consideradas malas son buenas.

Resulta trágico admirar, y admirar sinceramente a un grupo humano, pero aún más hacerlo en un negativo fotográfico. Es difícil felicitarse por que los blancos sean negros y los negros sean blancos. Y eso es lo que con frecuencia nos sucede en relación con las religiones humanas. Tomemos a modo de ejemplo dos instituciones que son testigo de la pujanza religiosa del siglo XIX. El Ejército de Salvación y la filosofía de Auguste Comte.

El veredicto habitual que las personas educadas emiten sobre el Ejército de Salvación puede expresarse con estas palabras: «No me cabe duda de que hacen mucho el bien, pero lo hacen con un estilo vulgar y profano; sus fines son excelentes, pero se equivocan en sus medios». A mí, por desgracia, me parece que es justo lo contrario. Desconozco si los fines del Ejército de Salvación son excelentes, pero estoy bastante seguro de lo admirable de sus medios. Sus métodos son los métodos de todas las religiones intensas y sinceras; son populares, como lo son todas las religiones; militares, como todas las religiones; públicos y sensacionalistas, como todas las religiones. No son más reverentes que los católicos romanos, pues la reverencia, en la acepción triste y delicada del término, es algo que sólo les es posible a los infieles. Ese hermoso ocaso se encuentra en Eurípides, en Renan, en Matthew Arnold; pero en los hombres que creen, no se puede encontrar: solamente encontramos alegría y guerra. Un hombre no puede mostrar esa clase de reverencia a una verdad maciza como el mármol; sólo puede mostrarse reverente ante una hermosa mentira. Y el Ejército de Salvación, por más que su voz haya surgido en un entorno malo y con una forma desagradable, representa en realidad la vieja voz de la alegre y airada fe, enfervorizada como las turbas de Dionisos, salvaje como las gárgolas del catolicismo, que no debe confundirse con una filosofía. El profesor Huxley, en una de sus brillantes frases, llamó al Ejército de Salvación «cristianismo coribante». Huxley fue el último y más noble de esos estoicos que nunca han comprendido la Cruz. Si hubiera comprendido qué es el cristianismo, habría sabido que no ha existido nunca, y nunca existirá, un cristianismo que no fuera coribántico.

Y está además esa diferencia entre medios y fines. Juzgar los fines de algo como el Ejército de Salvación es muy difícil, pero juzgar sus rituales y su ambiente resulta muy fácil. Tal vez nadie, salvo un sociólogo, sea capaz de ver si el plan de vivienda del general Booth es correcto. Pero cualquier persona sana es capaz de ver que hacer sonar unos platillos de latón tiene que ser bueno. Una página llena de cálculos estadísticos, un plano de viviendas piloto, cualquier cosa que sea racional, es siempre difícil de entender para la mente seglar. Pero lo irracional lo entiende todo el mundo. Por eso la religión apareció tan pronto en el mundo y se propagó tanto, mientras que la ciencia apareció tarde y no se ha propagado en absoluto. La historia certifica unánimemente que sólo el misticismo tiene alguna posibilidad de ser comprendido por la gente. El sentido común debe ser guardado como un secreto esotérico, en el oscuro templo de la cultura. Y así, mientras que la filantropía de los salvacionistas y su sinceridad pueden ser objeto de discusión razonable para los doctores, no pueden dudarse de la sinceridad de sus bandas de música, pues las bandas de música son puramente espirituales, y sólo buscan acelerar la vida interior. El objeto de la filantropía es hacer el bien; el objeto de la religión es ser bueno, aunque sea sólo por un momento, en medio del estruendo de los metales de esas bandas.

La misma antítesis se da en otra religión moderna. Me refiero a la religión de Comte, conocida comúnmente como positivismo, o culto a la humanidad. Hombres como Frederic Harrison, el brillante y caballeresco filósofo que a pesar de ello, con su mera personalidad, representa ese credo, nos diría que él nos ofrece la filosofía de Comte, pero no las propuestas fantásticas de éste sobre pontífices y ceremoniales, el nuevo calendario, las nuevas fiestas de guardar, el nuevo santoral. No quiere decir que debamos vestirnos como sacerdotes de la humanidad, o que lancemos fuegos artificiales en el aniversario de Milton. Para el serio comtiano británico, según propia confesión, todo eso le parece un poco absurdo. Y a mí me parece la única parte sensata del comtismo. En tanto que filosofía, no resulta satisfactoria. Sin duda es imposible adorar a la humanidad, del mismo modo que resulta imposible adorar el Savile Club; ambas son instituciones extraordinarias a las que puede darse el caso de que pertenezcamos. Pero nos damos perfecta cuenta de que el Savile Club no creó las estrellas ni llena el universo. Y no es nada sensato atacar la doctrina de la Trinidad y considerarla parte de un misticismo desconcertante, y acto seguido pedir a los hombres que adoren a un ser que es noventa millones de personas en un solo Dios, sin confundir las personas ni dividir la sustancia.

Pero si la sabiduría de Comte era insuficiente, la locura de Comte era sabia. En una era de modernidad polvorienta, cuando se consideraba que la belleza era algo bárbaro y la fealdad algo sensato, sólo él vio que los hombres deben conservar siempre lo sagrado de la mistificación. Vio que mientras las bestias cuentan siempre con las cosas útiles, lo verdaderamente humano está en las inútiles. Entendió la falsedad de esa idea casi universal de la actualidad según la cual los ritos y las formas son algo artificial, añadido y corrupto. El ritual es, en verdad, mucho más antiguo que el pensamiento; es mucho más simple y más desbocado que el pensamiento. Un sentimiento que toca la naturaleza de las cosas no sólo hace sentir al hombre que hay ciertas cosas que decir; le hace sentir que hay ciertas cosas que hacer. Las más adecuadas de ellas son bailar, construir templos y gritar en voz muy alta; las menos, llevar claveles verdes y quemar vivos a otros filósofos. Pero en todas partes, la danza religiosa precedió al himno religioso, y el hombre, antes de hablar, ya era ritualista. Si el comtismo se hubiera propagado, el mundo se habría convertido no gracias a la filosofía de Comte, sino al calendario de Comte. Al desechar lo que consideran una debilidad de su maestro, los positivistas británicos han acabado con la fuerza de su religión. Un hombre con fe no sólo ha de mostrarse dispuesto a ser mártir, sino también a ser necio. Es absurdo afirmar que alguien está dispuesto a trabajar y a morir por sus convicciones si no está ni siquiera dispuesto a llevar una guirnalda en la cabeza por ellas. Yo, sin ir más lejos, estoy seguro de que no leería todas las obras de Comte por nada del mundo. Pero no me cuesta imaginarme a mí mismo encendiendo una hoguera el Día de Darwin con el mayor de los entusiasmos.

Ese espléndido esfuerzo fracasó, y nada parecido ha tenido éxito. No ha existido ninguna festividad racionalista, ningún éxtasis racionalista. Los hombres siguen vistiendo de luto por la muerte de Dios. Cuando el cristianismo fue duramente bombardeado en el siglo pasado, en ningún otro aspecto recibió más persistentes y brillantes ataques que en el de su supuesta enemistad con la alegría humana. Shelley, Swinburne y todas sus huestes han pisoteado el suelo una y otra vez, pero no lo han modificado. No han establecido un solo trofeo nuevo, una sola insignia para la alegría del mundo. No han dado un nuevo nombre ni han propiciado una nueva ocasión para el regocijo. El señor Swinburne no cuelga un calcetín la víspera del cumpleaños de Victor Hugo. William Archer no va de puerta en puerta, entre casas cubiertas de nieve, cantando villancicos que describen la infancia de Ibsen. En el ciclo de nuestro año racional y lúgubre perdura una fiesta que es recuerdo de aquellas antiguas alegrías que cubrían toda la Tierra. La Navidad sigue recordándonos aquellos tiempos, ya fueran paganos o cristianos, en que una mayoría no se dedicaba a escribir la poesía, sino a representarla.

Resulta difícil comprender a primera vista la razón de que una cosa tan humana como es el ocio y el jolgorio tengan siempre un origen religioso. Racionalmente, no existe ninguna razón por la que no podamos cantar e intercambiar regalos en honor a cualquier cosa: el nacimiento de Miguel Ángel, la inauguración de la estación de Euston. Pero las cosas no funcionan así. De hecho, las personas solo se vuelven materialistas, avaramente y gloriosamente, por algo espiritual. Si suprimimos el credo niceno y cosas similares, estaremos haciendo un flaco favor a los vendedores de salchichas. Si suprimimos la extraña belleza de los santos, lo que nos queda es una fealdad mucho más extraña, la de Wandsworth. Si suprimimos lo sobrenatural, lo que nos queda es lo antinatural.

Y ahora debo abordar un asunto muy triste. En el mundo moderno existe una clase admirable de personas que protestan sinceramente en nombre de aquella antiqua pulchritudo de la que hablaba san Agustín, que añoran las antiguas celebraciones y formalidades de la infancia del mundo. William Morris y sus seguidores han demostrado que la Edad de las Tinieblas era mucho más radiante que la Edad de Manchester. W. B. Yeats enmarca sus pasos en las danzas prehistóricas, pero nadie suma su voz a coros olvidados que sólo él es capaz de oír. George Moore recoge todos los fragmentos de paganismo irlandés que el descuido de la Iglesia católica —o tal vez su sabiduría— ha permitido preservar. Hay numerosas personas con lentes y ropas verdes que rezan pidiendo el regreso del tronco de las cintas de colores o los Juegos Olímpicos. Pero se da en esas gentes un algo alarmante y perturbador que indica que tal vez no respetan la Navidad. Es doloroso contemplar bajo esa luz la naturaleza humana, pero parece posible que George Moore no agite su cuchara y grite cuando se flambea el pudding. Es incluso posible que W. B. Yeats nunca participe en el juego de tirar del caramelo para llevárselo. Si eso es así, ¿cuál es el sentido de todos sus sueños de tradiciones festivas? Aquí tenemos una tradición festiva sólida y antigua que sigue congregando a multitudes en la calle, y ellos la consideran vulgar. Si ese es el caso, que tengan por seguro lo siguiente: que ellos son esa clase de gente que, en la era de las danzas de las cintas alrededor de un tronco, las considerarían vulgares; que, en la época de los Juegos Olímpicos, habrían considerado vulgares los Juegos Olímpicos. Y sin duda lo eran. Que nadie se engañe: si por vulgaridad entendemos lenguaje descarnado, comportamiento bullanguero, chismorreo, payasadas y mucho alcohol, la vulgaridad ha estado siempre donde había alegría, donde había fe en los dioses. Allí donde hay creencia habrá hilaridad, y donde hay hilaridad habrá ciertos peligros. Y así como el credo y la mitología producen esta vida burda y vigorosa, esa vida burda y vigorosa, a su vez, siempre producirá credo y mitología. Si alguna vez logramos devolver a los ingleses a la tierra inglesa, volverán a ser un pueblo religioso y, si todo va bien, un pueblo supersticioso. La ausencia, en la vida moderna, de las formas superiores e inferiores de la fe se debe, en gran medida, al divorcio de la naturaleza, de los árboles, de las nubes. Si no existen más fantasmas con cara de calabaza es sobre todo porque faltan calabazas.